Suspiros
Suspiros
Fernando Galeana Padilla
La colección fue una belleza en la niñez, ahora es nostalgia que suena y viene a ratos cuando los trompicones urbanos cesan.
la melancolía deviene después del instante de alegría que enrarece los suspiros, como una forma de ansiedad contagiada por un pasado feliz.
En esas cuestiones atesoradas hay de todo:
desde una cajita mágica oxidada hasta las primeras escrituras y dibujos garabateados.
Todavía viven las piedritas coloridas traídas de una playa por donde ya no hay acceso.
Las estampitas repetidas en los álbumes que preferí llenar, en lugar de comprar dulces.
También esa imagen borrosa en una fotografía: un niño que juega a ser payaso de televisión.
Unos casetes que no puedo escuchar porque carezco del dispositivo adecuado, ironías de estos días de innovadoras aventuras tecnológicas.
Aquí en una pequeña vitrina de cristal, guardo un pedazo de adobe: pertenecía a la casa de mis abuelos maternos.
La caja donde conservo todo esto me la regaló mi prima hermana; era de nuestra abuela, de ella materna y mía paterna.
Desde que huelo su madera al abrirla, el portal que me transporta suena primero con sutileza y luego de una forma sostenida.
La colección fue una belleza y lo sigue siendo. Aquí es cuando sé exactamente que estos suspiros son los sonidos que se escuchan al cerrar el portal.
Para tus oídos…
Suspiros
